12 agosto 2006

Con motivo del día del niño

"hola a todos. Con motivo del día del niño, en el taller de cuentos que coordino se narra un cuento que me gustaría compartir con ustedes, espero que les guste y que les haga recordar momentos de su infancia, María Natalia Ledezma."

Cuando seas más grande...

Pedro era un niño muy parecido a todos los niños de 6 años. No era un niño ni muy alto ni muy bajo, pero su abuela cada vez que lo veía le decía: cada día estas un poco más alto. Esto le hacía pensar que seguramente iba a ser muy alto porque si cada día estaba un poco más alto- como decía su abuela- imagínense lo que sería en una vida que tiene tantos pero tantos días. Además, tenía el pelo negro y unos ojos negros que, según decía su mamá, eran tan profundos que uno podía perderse si lo miraba a los ojos. Él no entendía qué es lo que su mama quería decir con esto, porque cada vez que se miraba al espejo lo único que veía era unos ojos negros comunes.

Pedro vivía con su mamá, su papá y su hermano que hace unos días había cumplido 16 años. Su hermano era dentro de todo un muy buen hermano, casi siempre lo ayudaba cuando lo necesitaba y sólo se enojaba- y tanto que parecía que le salía humo por las orejas- cuando le sacaban alguno de los libros de autos que coleccionaba. Porque el hermano de Pedro era fanático de los autos.


La abuela de Pedro los visitaba muy seguido, cosa que era muy divertida porque ella era una de esas personas a la que se le podía hablar de todo y además, cuando ya no había nada que contarle, conocía muchas historias que siempre estaba dispuesta a narrar.

Pedro hacía todas las cosas que hacen los niños de seis años. Se levantaba a la mañana, siempre tarde, tomaba el desayuno-muy rápido para no llegar tarde a la escuela- y se iba con su hermano mayor. Le encantaba la escuela porque ahí se encontraba con sus amigos y porque como iba a primer estaba aprendiendo a leer, y eso lo entusiasmaba muchísimo.

Así como ven, la vida de Pedro era muy parecida a la de todos los niños de seis años. Pero algo muy extraño le estaba pasando en las últimas semanas. No sabía si le pasaba sólo a él, o a todos los niños, pero sin duda no quería que le pasara más. ¿Qué le estaba pasando?

Todos los días y a veces muchas veces por día escuchaba una frase “cuando seas más grande... ”. Al principio se la decía solamente su mamá pero después se lo decía también su abuela, su papá, su maestra y hasta su hermano que ahora que había cumplido 16 años, era grande.

Así por ejemplo, Pedro quería quedarse a dormir en la casa de sus amigos como muchas veces hacía su hermano pero su mamá le decía “cuando seas grande...”. Un día estaban mirando tele, empezaba una super película de la que todos hablan al otro día en el colegio. Era una película de TERROR pero no cualquier película de terror. Era una que todos los chicos TIENEN que ver. Pero, en el momento en el que llegó su papá y vió la película que estaba empezando apagó la televisión y le dijo: “cuando seas más grande...”- y eso que él no era tan chiquito y todos sus compañeros veían esa clase de películas-.

Otra vez escuchó a su abuela y a su papá mirando las noticias y hablando, se acercó y les preguntó de qué hablaban y la abuela respondió- como si fuera una respuesta que a respondiera la pregunta de Pedro- “cuando seas más grande vas a entender”. Cuando le preguntó a su hermano de que estarían hablando, le respondió que obviamente era algo como política y que él como era muy chico no iba a entender. Y terminó diciendo “pero los grandes de política si entendemos”.

Pedro llegó a la conclusión de que TENÍA que ser grande. No sabía cómo se hacía pero parecía que se lograba de un día para otro, porque su hermano, hace apenas unas semanas, en su cumpleaños, se había convertido de golpe en grande. Mientras más pensaba, más seguro estaba de que para “ser grande” había que hacer algo especial, como los superhéroes que siempre tenían una formula mágica o algo que los convertía en superhéroes; y seguramente a su hermano se lo habían dado como regalo de cumpleaños.

Al principio decidió preguntarle a la abuela que siempre tenía respuestas para todos y para todo, y cuando le preguntó, la abuela le dió todo un discurso sobre que ser grande era algo que se alcanzaba con los años y que uno se iba convirtiendo en grande poco a poco.

Esta respuesta para Pedro no fue muy buena y pensó que seguramente la abuela ya se debía haber olvidado cómo se hace para convertirse en grande, porque estaba bastante viejita, y como no quería que le dijeran que se olvidaba las cosas porque era vieja- y la abuela odiaba que le dijeran vieja-, entonces decidió inventar una historia de cómo uno se convertía en grande.
Pedro se pasaba horas y horas antes de irse a dormir pensando cómo iba a hacer para averiguar que había que hacer para convertirse en grande, pero ya no tenía ideas.

Así, un día en que ya el asunto se le había ido un poco de la cabeza-pero no del todo-, escuchó en un recreo a las maestras hablando. Hablaban de una librería nueva, que la atendía una viejita que siempre les resolvía los problemas y siempre tenía el libro adecuado para resolver las preguntas que tuvieran. También escuchó que la librería estaba a unas cuadras de su casa camino a la escuela. Pedro pensó: si esta viejita puede resolver las preguntas de las maestras, ¿cómo no va a poder resolver las mías?

Ese mismo día cuando salía del colegio le pidió a su hermano si podían pasar por la librería. Su hermano le dijo que sí, pero sólo un ratito porque él tenía que hacer mucha tarea. Así fue como Pedro llegó a la librería “de ensueño”-así se llamaba la librería-, no era gran cosa, era un lugar chiquito, del que casi no se veía la puerta desde la calle. Pero apenas entró quedó sorprendido por lo lindo que era el lugar y por todos los libros que había.
Apenas entraron se les acercó una señora, muy viejita, mucho más viejita que su abuela y con una sonrisa les preguntó: ¿Qué están buscando?. A Pedro se le hizo un nudo en la garganta y pensó, cómo le iba a decir a esta señora enfrente de su hermano lo que él estaba buscando.

Parecía que la viejita había adivinado su pensamiento porque dirigiéndose a su hermano le dijo:
- Mira tengo un libro nuevo de autos que te va a interesar- si algo había que le interesara al hermano de Pedro eran los autos-.
Apenas su hermano tuvo el libro en sus manos se sentó en una de las muchas sillas que había en el lugar y empezó a leer.
Entonces la viejita lo miró a Pedro, con una sonrisa muy amable y le dijo:
- Y tú, ¿qué estas buscando?
- ESTOY BUSCANDO LA FÓRMULA PARA SER GRANDE –dijo Pedro como si fueran las únicas palabras que conocía.
La viejita le dio la mano y lo llevó hasta el fondo. Se agachó y con mucho cuidado tomó un libro muy pequeño con tapa marrón y le dijo:
- Acá está tu respuesta.
Pedro miró el libro y le pareció que no era gran cosa para tener una respuesta tan importante.
En ese momento se dio cuenta de algo muy importante y se puso muy triste. Él no sabía leer muy bien, y además nunca había leído un libro. Así que dijo:
-Muchas gracias, pero es imposible, yo todavía no sé leer.
-Inténtalo-le dijo la viejita.

Apenas abrió el libro se dio cuenta que estaba escrito con letras mayúsculas como las que él conocía; eran letras muy grandes y muy fácil de entender, además el libro tenía unos dibujos hermosos.
En la primer página había un dibujo de un duende, todo vestido de verde, hasta tenía zapatos, gorro y corbata verde y parecía que se iba a salir del libro de lo mucho que sonreía. ¿Quieren saber lo que decía el libro?. Decía así:

HOLA, SOY EL DUENDE DEL JARDÍN,
ME ENCANTA CAMINAR, CORRER Y REÍR.
ME GUSTA ESCUCHAR LAS HISTORIAS QUE ME QUIERAN CONTAR
HISTORIAS ALEGRES Y DIVERTIDAS DE VERDAD.
ME GUSTA ESCUCHAR LO QUE EL VIENTO QUIERE CONTAR
HISTORIAS DE LEJOS MUY LEJOS DE ACÁ.
LAS HISTORIAS DE LOS ÁRBOLES QUE HACE TIEMPO AQUÍ ESTÁN.
LAS HISTORIAS DEL SOL QUE DESDE EL CIELO TODO PUEDE VER Y ESCUCHAR.
ME GUSTA CON LAS FLORES Y LAS MARIPOSAS BAILAR
Y TAMBIÉN DESCANSAR BAJO LA SOMBRA DE UN ROSAL.
PERO SOBRE TODO ME GUSTA COMPARTIR CON MIS AMIGOS QUE ME SABEN ENCONTRAR AQUÍ EN EL JARDÍN.

Pedro terminó de leer sintiendo el viento, el sol y el silbido de los árboles. No se dio ni cuenta que su hermano le tocaba el hombro y le decía:
- Dale, nos tenemos que ir, vamos a llegar re tarde a casa.
Tampoco se dio cuenta de que el libro no respondía a su pregunta.
Mientras iban camino a su casa, Pedro se acordó de que estaba llegando la primavera y los pájaros cantaban y los árboles susurraban. Intentó escuchar qué querían decir pero no pudo. Entonces se le ocurrió una idea. Apenas llegó a su casa, corrió al jardín y empezó a buscar entre el pasto y las flores. De repente vio un hombrecito todo vestido de verde, hasta tenía zapatos, gorro y corbata verde, durmiendo la siesta debajo de una hoja. Muy despacito, con su dedo chiquito lo golpeó en el hombro -con mucho cuidado para no hacerle daño-. El duendecito se despertó, abrió los brazos para desperezarse y dijo, mirándolo a los ojos con una sonrisa:
- ¡Hola!, pensé que nunca me ibas a encontrar, me presento -y se puso de un salto de pie- soy el duende del jardín -y le extendió la mano-.
Pedro lo miró entre sorprendido y contento y le dijo:
- Ya se, leí tu libro.
- Ah!!! Muy poca gente conoce mi libro ya que no se toman el trabajo de leer. Creo que es porque no llama mucho la atención- dijo el duende del jardín.
Pedro se acordó de la primera vez que vio el libro con sus tapas marrones y pensó que el duende tenía mucha razón en lo que decía).
A partir de ese momento Pedro y el duende del jardín pasaron horas y horas hablando y contándose muchas cosas e historias que conocían. Hasta que la mamá de Pedro lo llamó diciendo:
- Pedro, ven, llegó la abuela.
Pedro se despidió de su nuevo amiguito acordando verse al día siguiente y entró corriendo a su casa.
Pedro estaba feliz, tenía que contarle a alguien pero no sabía si le iban a creer. Esa noche, cuando se acostó a dormir la abuela se acercó a su cuarto a decirle las buenas noches y le preguntó:
- ¿Pudiste resolver lo que me preguntaste el otro día?.
En ese momento Pedro se acordó de por qué había ido a la librería, y le dijo a su abuelita:
- No, pero mira lo que me pasó...
A continuación le contó todo lo que le había pasado. Cuando terminó, la abuelita lo miraba con su cara dulce y con una sonrisa enorme y le dijo:
- Que lindo todo lo que viviste, nunca te lo olvides, porque cuando seas grande esas cosas no te van a pasar, y uno se olvida de los amigos especiales que tuvo cuando era niño, cuando seas grande te va a ser difícil encontrarlos.
La abuelita le dio un beso y le dijo-tan despacito que Pedro lo escuchó solo como un murmullo-:
- Descansa tranquilo, dulce niño, que un día cuando menos lo esperes vas a ser grande.
Pedro se quedó pensando en lo sabia era su abuelita, y cuánta razón tenía en lo que le había dicho. Pensó en todas las cosas maravillosas que había vivido ese día, cosas que seguramente ninguna persona grande iba a poder entender. Él quería seguir compartiendo su tiempo con su nuevo amigo y además quería conocer muchos más amigos tan únicos como el duende del jardín. Así fue como Pedro decidió que, seguramente algún día iba a ser grande, porque todos llegaban a ser grandes. Pero él, por ahora -y esperaba que por muchísimo tiempo-, quería seguir disfrutando lo maravilloso que era ser niño.
Con este dulce pensamiento e imaginando todas las maravillas que le quedaban por vivir, Pedro se durmió profundamente.