24 enero 2007

Lectura y ética: algunas reflexiones

Una de las preguntas clave de la animación a la lectura está en qué libros animaremos a leer, sobre todo a los niños y jóvenes. Deben ser libros estéticamente logrados, que proporcionen placer por sí mismos, por el efecto de su construcción y su textura literaria; por sus ilustraciones, si las llevan; incluso por el goce mismo de un libro bien editado. Pero ¿también deben ser libros éticos? ¿Hasta qué punto? ¿Con qué matices?

La sociedad en la que vivimos no se comporta, en su conjunto, de acuerdo con valores éticos o morales; en el código de valores occidental, priman quizá el capitalismo (basado en la inviolabilidad de la propiedad privada y, por tanto, de las desigualdades heredadas) y el individualismo. Ante este estado de cosas, y simplificando mucho, la literatura puede adoptar tres posturas de partida: ensalzar, reflejar o criticar.

Sobre la alabanza del héroe individualista en el «duro mundo de los lobos» diremos pocas cosas: en todas las sociedades hay quien opta por elogiar los valores de quienes las dirigen y por justificar la crueldad con la idea de que «el mundo es así».

Cuando nos hallamos ante un reflejo, la situación se modifica según sea la interpretación de los lectores: cabe interpretar esa expresión literaria como una denuncia —te pongo delante, lector, algo que normalmente te niegas a mirar—, como una forma de complacencia —el morbo es tal vez una de las enfermedades de la sociedad moderna—, como la demasía amoral de un autor esteticista, que solo se inquieta por el problema literario, pero no por el humano... El arte moderno ha jugado mucho con todas estas ambigüedades y, en parte, todo ello obedece a que desde la ruptura de las vanguardias, no existen reglas fijas de valoración: las obras de arte son traslúcidas y su color cambia según la información que les situemos detrás. No hay objetividad; la experiencia artística es el fruto de la relación amorosa —más o menos tormentosa, esa es otra cuestión— entre la obra y el punto de vista del receptor. Pero en el caso de la literatura, lo que hallamos es sobre todo una doble interpretación: importa determinar si el libro transmitirá a sus lectores que «el mundo es así... y deberíamos cambiarlo» o que «el mundo es así... y ya está bien así».

Luego hallamos obras explícitamente éticas, que incluyen en su construcción, su argumento o las palabras de sus personajes críticas a determinados aspectos del sistema social. Aquí podemos sufrir el efecto contrario al del exceso de esteticismo: obras muy bien intencionadas pero de lectura insufrible, obras ñoñas que solo consigan alejar de la literatura a quienes están decidiendo (quizá de modo inconsciente) si leer va a formar parte de sus vidas o no.

Un ejemplo de lo contrario es Momo, de Michael Ende, que a mi juicio combina de forma excelente una trama muy bien tejida, que atrapa, y una reflexión moral necesaria. (En realidad, si esta obra solventa muy bien el problema es en parte porque se trata de una buena obra de literatura, y no de literatura infantil; es apta para todos los públicos, incluidos los chicos, pero empieza por cumplir el requisito básico de ser buena literatura.)

La cuestión de fondo es que la literatura se vive con tanta intensidad que nos afecta como seres humanos, globalmente, no solo en algún supuesto «rincón literario» de nuestro cerebro. Y en la etapa de formación como personas, esos posibles efectos son un tema delicado, que requiere tacto, equilibrio y —sobre todo, creo yo— diálogo. Porque no se puede confiar la formación ética de nuestros hijos ni a la escuela, ni a la literatura ni, en general, a los demás: la responsabilidad es nuestra y no podemos delegarla.

Escrito por Darabuc

4 comentarios:

Ana Lorenzo dijo...

Un ejemplo de literatura buena que se sobrepone a su «moralina» es Pinochio, el de verdad, no las tontas adaptaciones que no transmiten nada; y mira que es ñoña la moral que lo acompaña, para mí.
Estoy completamente de acuerdo en que la educación de un niño no se puede dejar en manos de nadie: la tiene que asumir su familia. La lectura es una parte muy importante en el ocio y en la formación de un niño, con lo que influye mucho en su educación. Una buena cosa es compartir tiempo para comentar libros juntos; además, es algo que les gusta a ellos y a nosotros.
Hay un libro titulado Si una mañana de verano un niño..., escrito por un crítico literario italiano (Roberto Cotroneo) a su hijo, aún pequeño, en que le habla del amor a los libros, y de unos libros en particular, e incluso de fragmentos de libros. Pero no le dice qué es obligado leer y qué es malo leer.
Un saludo. Ana

Darabuc dijo...

Tengo que leerme el Pinocho auténtico, quizá aprovechando esa edición de Kalandraka con ilustraciones de Innocenti. (Hablo de memoria.) Ya tengo claro que entre el de Disney y el original habrá tanta distancia como entre Disney y Milne, o sea, un abismo.

Compartir tiempo es un tesoro; me alegra que puedas hacerlo, y espero poder hacerlo yo. Sin eso no hay diálogo, como mucho, un intercambio apresurado de convicciones. No creo que cuaje.

Recuerdo, para serte sincero, con cierta manía ese libro de Cotroneo, por una imagen: la de "hijo mío, no te fíes de quien no lleve en su bolsillo un libro de poesía". En los campos de concentración podía sonar música de gran calidad; para mí el arte (y la literatura) ofrecen una opción de ser mejores, pero en ningún caso nos hacen mejores, y menos de forma automática, o por mera posesión. Conste que leí ese libro en una época vorazmente inconformista; quizá lo juzgo sin justicia, no lo sé.

Gracias por tu comentario; un abrazo.

Ana Lorenzo dijo...

Bueno, el libro de Cotroneo sigue teniendo ese tono que has descrito perfectamente al citar la frase de que no se fíe de quien no lleve un libro de poesía en el bolsillo, eso no hay quien lo cambie. Pero, por ejemplo, cuando habla del malo de La isla del tesoro, de cómo ese libro va más allá del mundo infantil, compensa.
También en Pinochio la imaginación y la narración compensan el constante y machacón mensaje de Collodi de que hay que ser bueno.
Un saludo.

Atlante7 dijo...

Enhorabuena por este blog. Estoy de acuerdo con el artículo. No se trata de prohibir lecturas, más bien de sugerir las más adecuadas y que transmitan valores positivos y beneficiosos para el niño (y para el adulto diría). Siento lástima cuando me acerco a un Ciber y veo a niños jugando con videojuegos de guerra y de violencia, es mejor leer por supuesto, pero en la lectura también se transmiten modelos de conducta, y es conveniente escoger los más humanos y solidarios.
Recuerdo aquellas épocas en las que más que cuidar estos valores en los libros, se incluían en los programas de lecturas infantiles "clásicos" de la literatura. Son muy interesantes, pero no adecuados para esas edades... imagínense leer las Novelas Ejemplares de Cervantes con doce años, o a Quevedo...
Saludos.